jueves, 31 de octubre de 2013

El amor mueve montañas.



El amor mueve montañas, el odio también.

El amor mueve montañas, eso dicen y creo que es cierto aunque no sé si es mi caso. En mi caso creo que ha sido más el odio el que me ha ayudado a moverme, esto no quiere decir que haya sido para actuar de forma negativa, sino al contrario, bien encauzado ha sido un catalizador eficaz para actuar de la forma que el amor no alcanzaría a motivar.

Cuando vemos actos bellos, formas ejemplares de actuar, manifestaciones que bien podríamos decir que son puras expresiones de amor no sé a vosotr@s pero a mí no me llegan de tal manera que se conviertan de forma inmediata en modelo a imitar. Supongo que puede ser porque agrada al corazón pero éste no recibe el aliciente necesario para funcionar de una determinada manera y será simplemente porque las razones personales son eso, personales, y no se transmiten, se pueden compartir pero el compartirlas en un plano intelectual no conlleva que se compartan en el plano experiencial y creo que es éste el que tiene la fuerza de irrumpir en nuestra vida llegando a producir cambios en nuestra forma de pensar, relacionarnos y actuar.

Si en ciertas ocasiones puedo actuar con arrojo y valentía, en mi caso (ya me diréis si os pasa lo mismo), no creo que sea por rememorar en mi mente ejemplos de vidas o personas que hayan elegido esa vía, tampoco en pro de una evolución humana deseada, ni gracias a lo que el valor en sí me inspira. No. Bien es cierto que esos valores en cierta medida sí están presentes y que esos ejemplos, recuerdos o sentimientos juegan un papel importante y quizás imprescindible pero ese papel no es otro que el de servir de contraste con el asco y odio que los resultados de no tomar esa vía me producen.

Resulta relativamente fácil retroceder unos cuantos años y verse dentro de clase, en el colegio, no sé en los vuestros pero en mis oídos resonaron varias veces las preguntas inquisitorias de algun@s profesor@s tratando de averiguar al causante/s de cualquier gamberrada. Tras las preguntas y el silencio correspondiente las reflexiones solían coincidir en llamar la atención sobre la injusticia que supondría imponer un castigo a toda la clase siendo en su mayoría ajena al hecho. Mi memoria ya no da para más, ya no recuerdo ningún hecho concreto pero sí tengo interiorizada esa reflexión que si no fue entonces sé que en algún otro momento fue el ingrediente necesario para dar un paso al frente y dar la cara. No porque quedase bien. No porque era un acto de valentía, no por arrepentimiento... No, sólo por pensar que el no dar la cara, el no superar el miedo, la timidez o la cobardía tendría como resultado alguna injusticia de la que yo sería directamente responsable. Ese asco y odio a los ejemplos de cobardía que tantas y tantas injusticias provocan es lo que, al menos en mi caso, es capaz de moverme torpemente (tal y como lo haría una montaña).

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